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Thread: Gemas ocultas: Der Mond

          
   
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  1. #16
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    Desde nuestra atalaya observamos cómo el alcalde descolgaba el último cuarto de luna y lo introducía en el ataúd del cuarto muchacho. Desde ese momento, a causa de las tinieblas en que quedó envuelta la noche, y de la espesa niebla que cayó a continuación, ya no vimos nada más. Pero oímos el rumor de una muchedumbre acercándose y las maldiciones en dialecto local cuando, debido a la oscuridad, se pisaban y chocaban unos con otros. El cortejo fúnebre pasó ante el panteón y enterró al fallecido en una tumba cercana. Oficiadas las exequias, esperamos todavía un buen rato antes de bajar. Cuando Holmes consideró que ya no había riesgo de que volviera nadie ni de encontrarnos a algún rezagado, abandonamos nuestra elevada posición.

    - ¡Caso singular! –exclamé- Al morir, cada uno se ha llevado consigo su cuarto de luna.
    - Lo que significa –añadió Holmes- que la luna está ahí, repartida entre cuatro tumbas. ¿Qué tal anda de músculo, Watson? Tenemos que levantar cuatro pesadas lápidas.

    Pero apenas lo había dicho, cuando quien tensó los músculos fue él.

    - ¡Alerta! –gritó Holmes, y oí el clic seco del gatillo de un arma al levantarse-. ¡En guardia!
    - ¿Qué sucede, Holmes?
    - Escuche. ¡Escuche! ¡Alguien o algo viene a toda velocidad!

    Desde alguna parte, en el interior del reptante banco de niebla, llegaba hasta nosotros un pataleo breve, brusco, continuo. La nube se alzaba a cincuenta yardas de donde nosotros estábamos, y ambos la contemplábamos con los ojos muy abiertos, no sabiendo qué horror iba a brotar del seno de la misma. Yo estaba junto al codo de Holmes; clavé un instante mis ojos en su cara. Pálida y jubilosa, brillábanle vivamente los ojos. Pero súbitamente se alargaron en un mirar rígido, fijo, y sus labios se abrieron de asombro. Yo me erguí de un salto, con mi mano inerte en la empuñadura de la pistola, paralizado el cerebro por aquella forma espantosa que desde las sombras de la niebla se había abalanzado hacia nosotros. Era un sabueso, sí: un enorme sabueso de color negro carbón. Pero un sabueso como jamás habían visto ojos humanos. Salía fuego por su boca abierta, sus ojos resplandecían con un brillo apagado. El hocico, la papada, la morra se dibujaban con una luz titilante. Ni en las fantasías delirantes de un cerebro trastornado pudo nunca concebirse nada más salvaje, más espantoso, más infernal que aquel cuerpo negro y aquella cara salvaje, que se nos vino encima desde el interior del muro de niebla.

    Con la sorpresa y el espanto, se nos habían caído las armas al suelo. Yo estaba paralizado, pero aún podía mover los labios:

    - ¡Por todas sus británicas Majestades juntas! –juré- ¡Es el sabueso de los Baskerville! ¿Cómo está aquí?
    - No lo sé, y no pienso perder un segundo en averiguarlo, Watson. ¡Hay que ponerse a salvo! ¡Volvamos arriba!

    A toda prisa, regresamos al techo del panteón. El sabueso se plantó debajo de nosotros y empezó a ladrar como un poseso.

    - ¿Qué hacemos, Holmes?
    - ¿Qué podemos hacer? Tenemos las armas en el suelo. No hay más opción que esperar a que se vaya.

    Pero el animal no tenía ninguna prisa. Y nos dieron las diez, y las once, las doce y la una y las dos y las tres... Cuando ya pasaban de las cinco y estaba a punto de amanecer, le dije a Holmes:

    - Ese can es incansable. Aún volverá el Fantasma de la Opera, dentro de veinte años, y nos encontrará aquí. Si pudiéramos arrojarle una pelota para que fuera a buscarla...
    - ¡Watson, me acaba de dar una idea!

    Mientras decía esto, Holmes buscó en sus inmensos bolsillos y sacó el smartphone. Conectó internet, entró en youtube y escribió “perrita en celo ladrando” en el buscador. Aparecieron infinidad de vídeos. Seleccionó uno y, tras despedirse del aparato (“Era de última generación”, dijo con tristeza) pulsó el play y arrojó el teléfono con todas sus fuerzas a la espalda del chucho. Cuando éste oyó ladrar tras él, dio media vuelta y salió disparado hacia el lugar del que provenía el ruido.

    - ¡Ahora, Watson! ¡Bajemos!

    Así lo hicimos. Nos dirigimos a la tumba del último muchacho y aplicamos todas nuestras fuerzas a levantar la lápida. El primer rayo de sol despuntaba por el este. De pronto, volvimos a oir al sabueso. Había encontrado el teléfono, había comprendido la añagaza, y volvía a la carrera, más furioso aún que antes. Con la lápida en las manos, ahora no podíamos regresar al panteón.

    - Watson, me temo que vamos a tener que meternos aquí. Entre. Yo sujeto la piedra.
    - ¿En una tumba, junto a un fiambre recién enterrado? ¿Ha perdido el juicio?
    - Como guste –replicó Holmes, sarcástico- Al menos, el fiambre no muerde. Yo me meto, y si usted prefiere quedarse ahí quieto, como la estatua del Comendador, allá se las componga con el perrazo.

    Estas palabras, y la visión del chucho babeante y a punto de saltar sobre mí, bastaron para decidirme. Salté al agujero, y Holmes me siguió, no sin antes adoptar la precaución de volver a cerrar la lápida. Pero en lugar de aterrizar suavemente en el suelo de la tumba, como había esperado, experimenté una sensación de vértigo. ¿Estábamos cayendo? ¡Sí, caíamos al vacío, pues el sepulcro carecía de suelo! En realidad, era como un pozo, o una chimenea que se internaba en las profundidades de la tierra. Y mientras, por encima nuestro, oíamos cada vez más lejanos los furiosos arañazos del sabueso en la lápida, comenzamos un vertiginoso descenso hacia el abismo.

  2. #17
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    La caída se me hizo más larga de lo que probablemente fue en realidad. Terminó, previa impresionante costalada, en una gruta abovedada cuyo suelo barría enérgicamente un fraile en hábito de dominico. Entre féretros y más féretros, se desparramaban botellas y latas de cerveza vacías, cartas de la baraja francesa, dados, bolas y bolos. Holmes reconoció al fraile, que batía airosamente la escoba.

    - ¡Si es San Martín de Porres! Buenos días, Fray Escoba. ¿Qué hace usted aquí, padre?
    - Mis respetos, caballeros. Estoy cumpliendo un encargo de San Pedro. Necesitaba a algjien que limpiase los restos de una francachela, y quién mejor que el patrón de los barrenderos.
    - ¿Los muertos organizan orgías?
    - Normalmente no. Pero esta noche ha sido distinta. Llegó el último de una cuadrilla cuyos miembros han ido viniendo en el espacio de pocos días. Cada uno se trajo un cuarto de la luna y, como la luz les impedía dormir en sus ataúdes, salieron y la volvieron a montar aquí. La claridad despertó a los demás muertos y los recién llegados, que aún traían el cuerpo de fiesta, les convencieron para organizar una bacanal.



    - Se pusieron a jugar a las cartas y a los bolos, y a beber como locos –continuó el fraile- Es decir, todos hicieron lo mismo que cuando vivían: emborracharse, jugar, hacer trampas, insultarse... Porque no había ni uno bueno. Luego, les entró la melancolía.


  3. #18
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    - Holmes –dije yo- Juraría que lo que cantaron al principio lo he oído en algún sitio.
    - Algo muy similar. Lo oyó usted cuando el bibliotecario nos cantó el “Floret silva nobilis” de los Carmina Burana. Este “Floret silva undique” (es decir, “Por todas partes florece el bosque”) que cantan aquí los muertos es una adaptación de aquél. Bueno, ¿cómo acabó todo? –volvió a preguntar mi amigo a San Martín-
    - Acabó cuando, con la juerga, despertaron a San Pedro. Al principio, pensó que el alboroto procedía de la tierra. Pero miró hacia allí y lo vio todo en calma. Luego se dio cuenta de que eran los muertos los que montaban el escándalo.




    - ¡Madre mía! –suspiré- Recuerdo haber leído que los personajes de Orff no tienen ninguna preocupación de índole moral, pero no esperaba verlo tan claro.
    - Bueno. El caso es que cuando San Pedro vio que aquello se descontrolaba, bajó a poner orden –añadió el fraile.
    - ¿El propio San Pedro vino al inframundo? ¿Podríamos interrogarle?
    - Cuando acabó todo salió de viaje con una maleta enorme. Pero están de suerte. Ahí vuelve.

    Por un extremo del escenario apareció un anciano de cara afable, orlada por una esponjosa barba blanca. Como un Papá Noel en versión cristiana, aunque vestía una pelliza en vez de túnica y portaba en la cabeza un sombrero de ala ancha en lugar del aura de santo. Abordamos al número dos del cielo, que se mostró colaborador desde el principio.

    - Les entró una especie de locura colectiva y vine a ver qué pasaba –declaró-. Lo cierto es que, excesos aparte, tenían aquí una fiesta muy agradable, con bebida, calorcito... ¡Hasta me quedé un ratito con ellos y todo!
    - ¿Ah, confraternizó con ellos?
    - Si es que, en el fondo, no son malos chicos. Les bailé un poco el agua. Les canté “Der Wein is gut, Der Mond scheint hell” (“El vino es bueno, la luna brilla clara”). Un pequeño ataque de vanidad por mi parte, pues la cancioncilla es una cita de la “Lenore” de Burger. Un cuento gótico de vampiros del siglo XVIII que alcanzó bastante fama. Después les solté un sermoncete para recordarles lo bien que están aquí, libres de las penalidades de los vivos. Y ya, cuando los vi tan cansados que no podían con su alma, los mandé a dormir y me llevé la luna para que no les molestase.


  4. #19
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    - ¡Espere un momento! –Holmes dio un respingo- ¿Ha dicho que se llevó la luna? ¿Adónde?
    - La devolví a la tierra, pues son los vivos los que la necesitan.
    - Entonces, nos hemos debido de cruzar por el camino. El caso es que llevamos catorce posts tratando de encontrarla.
    - Ah, pues con que hubieran comprado "The Heaven" se hubieran enterado de todo–dijo. Y nos tendió un periódico.


    - Parece un diario sensacionalista del más allá –opinó Holmes- ¿Quién escribe esto? ¿San Jerónimo?
    - El es el editor, allá arriba –señaló hacia el cielo- Para las noticias del inframundo tiene de corresponsal a un tal Dante Alighieri. Lo sabe todo sobre el infierno. No se le escapa una.

    San Pedro sonrió y entrecruzó las manos sobre la barriga.

    - En fin, ya ven. La luna vuelve a estar donde debe estar.
    - Vaya –dije- Tendremos que subir de nuevo a recogerla.
    - Me temo que eso no va a ser posible. La he dejado de tal forma que ya nadie pueda llevársela.
    - ¡Pero pertenece al pueblo del burgomaestre! –protesté.
    - Mi querido Watson –dijo Holmes- Sospecho que nuestro trabajo termina aquí. Pues, o mucho me equivoco, o acabamos de presenciar una parábola sobre la inutilidad del esfuerzo humano para perturbar la naturaleza.
    - Desde luego. Así es –asintió San Pedro- Y también sobre la confianza que debe tenerse en esa naturaleza. –Luego añadió, volviéndose hacia mí-: La luna, señor Watson, no es de nadie. No pertenece a nadie y pertenece a todos. Pertenece a los pueblos antiguos que la adoraban como deidad. Pertenece a los científicos que la han estudiado, la estudian y la estudiarán hasta desentrañar sus más ocultos secretos. A los pescadores cuyas vidas se mueven al ritmo de las mareas. También a los enamorados, que a su luz intercambian los más apasionados juramentos. Por supuesto, pertenece a los poetas; qué sería de los poetas sin la luna, y de la luna sin los poetas. Incluso a los músicos pertenece: cuántos la han tomado como motivo de bellísimas composiciones. Desde luego, a quien no pertenece es a ese burgomaestre. Mejor dicho, no le pertenece más que a los demás.

    Miré a Holmes, preocupado.

    - Me temo que por este caso no cobramos ni las dietas.
    - No se preocupe, viejo amigo –respondió él, pasándome el brazo por el hombro- Hace mucho que usted y yo no vivimos del dinero, sino de la fama. – Holmes levantó la vista hacia la tierra- ¡Miren! Algo se mueve en la tierra. Son unos niños
    - Sí –confirmó San Pedro-. Y voy a contarles un secreto. Quizá hayan reparado en un detalle: a lo largo de la ópera, ningún personaje sabía qué era esa bola luminosa. Todos tenían que preguntarlo y necesitaban que otro se lo explicara. Pero los niños no. Ellos la reconocerán de inmediato. ¿Y saben por qué?

    Mi amigo y yo negamos con la cabeza.

    - Porque todos los personajes tenían algún vicio: éste fue un ladrón; aquél un jugador; el otro un borracho... Incluso yo he incurrido en algún pecadillo de vanidad, ya lo han visto. Pero los niños son ingenuos y sus corazones puros. Pues la luna es una magnífica obra de Dios, sí. Pero los niños son la más hermosa maravilla que ha imaginado el Creador.




    __________________________________________________

    Las cartas sobre la mesa: fuentes y algunas confesiones.

    Para el primer post de esta presentación mezclé fragmentos de algunas aventuras reales de Sherlock Holmes, concretamente de “La banda moteada“, “El carbunclo azul“ y “La aventura de la diadema de berilos“, combinados a placer y modificados en algunos detalles como la fecha o la indumentaria del cliente. Además, como habrán supuesto todos, la descripción del perro que ataca a Holmes y Watson en el cementerio está copiada palabra por palabra de “El sabueso de los Baskerville“.

    La Universidad de Kassel es, ciertamente, la propietaria actual de los ejemplares manuscritos de los “Cuentos para la infancia y el hogar” de los hermanos Grimm. Al menos, así se dice en este artículo: http://es.wikipedia.org/wiki/Hermanos_Grimm Pero dicha Universidad, a tenor de lo que puede leerse en este otro, http://es.wikipedia.org/wiki/Universidad_de_Kassel, fue fundada en 1970 y, por tanto, dificilmente pudo ir allí Orff a mediados de los años 30 para leerlos. Si algún forero se había dado cuenta de ello, espero me haya perdonado esta licencia, pero por algún sitio tenía que empezar el detective sus pesquisas.

    Supongo que la Enciclopedia Británica tendrá un muy buen artículo sobre Carl Orff, pero no he dispuesto de ella. La biografía que leyeron la pareja de investigadores es una fusión de las semblanzas contenidas en su web oficial (http://www.orff.de/), en wikipedia (http://upload.wikimedia.org/wikipedi...-Carl_Orff.jpg) y en http://pedagogiamusicalupel.files.wo...y-juventud.pdf Los datos o anécdotas acerca de su relación con los nazis son ciertos, aunque la conclusión extraída a partir de ellos es mía.

    El breve análisis del estilo del compositor procede del artículo “Carl Orff, un contrapeso frente a la vanguardia”. Los Grandes Compositores (Salvat), tomo 5, capítulo 30.

    La discografía ha sido obtenida con ayuda de operaclass y diversos rastreos en Google.

    Mención especial merece la tesis doctoral de Iris Eggerdinger que puede consultarse en http://edoc.ub.uni-muenchen.de/2717/...inger_Iris.pdf De aquí surgen la lista completa (con indicación de lugar, fecha e intérpretes) de representaciones de la obra hasta 2002 que sintetizan Holmes y Watson, la declaración del barítono Borkmeier respecto a la génesis de la obra, las citas eruditas (“Muerte de Danton”, paralelismo entre “Floret silva nobilis” y “Floret silva undique”, “Lenora”), y un par de detalles del post final (“Der Mond” es una parábola / Sólo los niños reconocen la luna por sí mismos) Esta tesis es un documento de 478 páginas en alemán, idioma que no entiendo, pero del que, con algo de ayuda, espero haber entresacado correctamente los datos.

    Por último, en cuanto a los subtítulos de los vídeos, no los he traducido directamente del alemán por la razón antes indicada, sino de una versión en francés. Sin duda, esto habrá dado lugar a más fallos que si se tratase de una traducción directa, fallos que, de nuevo, confío en que sean indultados por los amables lectores.

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  6. #20
    Schigolch
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    Gracias por los educativos, y entretenidos, posts.

  7. #21
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    Gracias, Loge. Excelente, como siempre.
    "J'ai dit qu'il ne suffisait pas d'entendre la musique, mais qu'il fallait encore la voir" (Stravinsky)

  8. #22
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    Gracias a ambos por seguir la historia y, desde luego, a Schigolch en especial por traducirla. Volveremos pasadas las Navidades.

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